
LA MUJER DETRÁS DE LA PROFESIONAL

LA MUJER QUE SOÑABA
Desde muy joven tuve bastante claro lo que quería. Quería ser psicóloga, quería formar una familia, quería ser esposa y mamá. Tenía sueños, planes y también esa sensación tan propia de la juventud de que la vida podía construirse más o menos como uno la imaginaba.
Siempre he sido una mujer intensa para las cosas que me importan. Me gusta entender, aprender, hacer las cosas bien y sentir que estoy avanzando. Con los años también he podido reconocer algunos rasgos de mi propia manera de funcionar: tiendo a pensar mucho, a anticiparme, a preocuparme y a querer tener cierto control sobre lo que ocurre. Durante mucho tiempo eso fue simplemente “mi manera de ser”. Después aprendí a comprenderlo mejor y a trabajar también conmigo misma.
La vida me enseñó que tener planes no significa que todo vaya a suceder como esperamos. Y que querer hacer las cosas bien tampoco nos protege de las dificultades.
Aprendí, poco a poco, a esperar, a tener paciencia, a aceptar que no todo depende de mí y a hacer lo que sí está en mis manos.
Creo que esa joven que quería “comerse el mundo” todavía vive en mí. Solo que hoy la acompaña una mujer que ha aprendido que crecer también significa aprender a esperar, aceptar, pedir ayuda y dejar espacio para que la vida sea diferente de lo que habíamos imaginado.
LA MUJER QUE LA VIDA PUSO A PRUEBA
Hay momentos que dividen la vida en un antes y un después.
Uno de los más importantes para mí fue cuando nació mi hija.
Yo tenía 26 años. Hasta ese momento, mi vida se parecía bastante a lo que había soñado: estaba casada, estaba construyendo mi familia y esperaba a mi primera hija. Pero su nacimiento estuvo acompañado de una lesión cerebral severa que cambió completamente el camino que imaginábamos.
De pronto, aquella familia que yo había pensado de una manera tuvo que aprender a vivir una realidad que no habíamos escogido.
Vinieron años de tratamientos, terapias, médicos, viajes, aprendizaje, incertidumbre y muchas preguntas. También vino una etapa muy intensa de rehabilitación y un programa de tratamiento que nos llevó incluso fuera de Guatemala.
Yo era psicóloga, pero antes que psicóloga era una mamá. Y tuve que vivir desde ese lugar muchas cosas que conocía desde los libros, pero que ahora estaban ocurriendo dentro de mi propia casa.
También tuve que enfrentarme a algo muy mío: mi necesidad de entender, de anticipar, de buscar respuestas, de encontrar qué hacer. Mi manera ansiosa de procesar las cosas a veces me ayudaba a moverme, investigar y buscar soluciones; otras veces me hacía vivir demasiado pendiente de lo que podía pasar.
Con el tiempo aprendí que una misma característica puede ayudarnos y también agotarnos. Aprendí a reconocer mis propios límites, a pedir ayuda y a aceptar que no todo podía estar bajo mi control.
Mi hija cambió mi manera de vivir. Para bien y para mal.
Me hizo más disciplinada, más perseverante y más capaz de valorar pequeños avances que antes quizá ni siquiera habría visto. Pero también me enfrentó al miedo, al cansancio, a la incertidumbre, al dolor y a la necesidad de reconocer que yo también necesitaba ser acompañada.
Y después vino mi hijo.
Su llegada amplió nuestra familia y también nos permitió vivir otra experiencia de maternidad. Con él llegaron otras alegrías, otras preocupaciones, otra dinámica familiar y nuevas formas de aprender a ser mamá.
Mis hijos me han enseñado muchísimo sobre el amor, pero también sobre los vínculos, la responsabilidad, los límites, la paciencia y la capacidad de aceptar que cada persona tiene su propio camino.


LA MUJER QUE TAMBIÉN TUVO QUE CUIDAR DE SÍ MISMA
Durante mucho tiempo estamos acostumbrados a pensar que quienes acompañamos a otros sabemos cómo manejar todo lo que nos pasa.
Yo aprendí que no es así.
También he tenido que mirar mi propia historia y reconocer aspectos de mí que necesitaban atención. He vivido un trastorno de ansiedad que tuve que tratar y he conocido la depresión de cerca, no desde el estigma ni desde la distancia, sino como una experiencia humana que merece comprensión y tratamiento.
Eso cambió mi manera de mirar a las personas.
Me enseñó que una persona puede seguir trabajando, amando, siendo mamá, siendo esposa y cumpliendo con sus responsabilidades mientras por dentro está atravesando algo que los demás quizá no pueden ver.
También me enseñó que pedir ayuda no significa estar mal como persona, ser débil ni haber fracasado. Significa reconocer que hay momentos en los que necesitamos que alguien nos acompañe.
He aprendido a mirar con más compasión aquellas partes de mí que antes quizá quería controlar o corregir rápidamente.
Y eso también ha influido en mi forma de trabajar.
No creo que las personas sean sus diagnósticos. No creo que una ansiedad, una depresión, una dificultad emocional o una etapa complicada definan quiénes somos.
Detrás de cada persona hay una historia.
Y muchas veces necesitamos comprender esa historia para poder empezar a vivir de otra manera.
ESPOSA, MAMÁ Y MUJER DE FE
Mi matrimonio y mi maternidad han sido dos de las experiencias que más me han enseñado sobre los vínculos.
Con Juan Miguel llevamos 29 años de matrimonio y tres años de noviazgo. Cuando nos conocimos éramos muy jóvenes. Teníamos sueños, planes y muchas ideas sobre cómo sería nuestra vida. Como muchas parejas, también teníamos una idea bastante idealizada de lo que significaba construir una familia.
Con los años descubrimos que elegir a una persona con quien compartir la vida no significa que la vida vaya a ser fácil. Significa aprender a caminar juntos cuando las cosas no salen como esperábamos.
Nuestro matrimonio también ha tenido cansancio, diferencias, etapas difíciles, momentos de distancia y momentos en los que hemos necesitado volver a encontrarnos. Hemos tenido que aprender a hablar, a escucharnos, a pedir ayuda, a reparar y a elegirnos nuevamente.
La llegada de nuestra hija cambió nuestra vida de una manera que ninguno de los dos había imaginado. Cada uno procesó lo que estaba viviendo desde su propia historia y, durante un tiempo, tuvimos que aprender incluso a acompañarnos mientras cada uno intentaba comprender y aceptar aquella nueva realidad.
Después vino nuestro hijo y nuestra familia volvió a transformarse. Cada etapa nos ha planteado nuevos retos, nuevas alegrías y nuevas formas de aprender a ser familia.
También mi fe tuvo que atravesar todo eso. No fue una fe sin preguntas. Hubo miedo, enojo, incertidumbre y momentos en los que no entendía por qué estaban ocurriendo determinadas cosas.
Con el tiempo, mi relación con Dios también cambió. Estudiar Teología fue parte de ese proceso. Necesitaba comprender más profundamente aquello en lo que creía y también encontrar un lugar para el dolor, las preguntas y la esperanza.
Mi fe dejó de ser para mí la idea de que, si hago las cosas bien, nada malo ocurrirá.
Aprendí que creer también puede significar confiar aun cuando no tenemos todas las respuestas.
Después de 29 años de matrimonio sigo aprendiendo que una buena relación no es una relación sin dificultades. Es una relación en la que, aun en medio de las dificultades, podemos aprender a mirarnos, escucharnos, cuidarnos, pedir perdón, reparar y volver a encontrarnos.
Y creo que toda esta experiencia ha influido profundamente en la mujer que soy y en la profesional que acompaña hoy a otras personas.


LA MUJER QUE SIGUE CRECIENDO
Después de más de 30 años de profesión podría pensar que ya debería tener muchas respuestas.
Pero la verdad es que sigo aprendiendo.
Aprendo de la psicología, porque cambia. Aprendo de las personas, porque cada historia es diferente. Y también sigo aprendiendo de mí misma, porque la vida continúa poniendo delante de nosotros nuevas preguntas y nuevas etapas.
Durante estos años he tenido que volver a encontrarme varias veces.
Primero fui aquella joven que quería ser psicóloga y formar una familia. Después fui esposa y mamá atravesando una realidad que nunca había imaginado. Fui una mujer que tuvo que aprender a convivir con su propia ansiedad y que también necesitó tratamiento. Fui una mujer que conoció de cerca la depresión y aprendió que pedir ayuda es parte de cuidarse. Fui una profesional que tuvo que encontrar nuevamente su lugar mientras cuidaba y acompañaba a su familia.
Y hoy sigo siendo todas esas mujeres, pero también soy una mujer diferente.
Más consciente de mis fortalezas y de mis límites. Más tranquila con lo que no sé. Más dispuesta a pedir ayuda cuando la necesito. Y mucho menos interesada en aparentar que tengo la vida resuelta.
Creo que crecer no significa llegar a un punto en el que ya no tenemos dificultades.
Significa conocernos mejor, comprender nuestra historia, reconocer lo que necesitamos trabajar y aprender nuevas maneras de vivir y de relacionarnos.
Por eso sigo estudiando, sigo preguntándome, sigo escuchando y sigo aprendiendo.
Porque después de tantos años hay algo que tengo cada vez más claro:
No necesitamos tener una vida perfecta para construir una vida que tenga sentido. Y tampoco necesitamos ser perfectos para aprender a relacionarnos mejor.
La mujer que soy hoy no nació solamente de mis estudios y de mi profesión.
También nació de lo que soñé, de lo que me tocó vivir, de las personas que he amado, de las dificultades que atravesé, de las veces que tuve que pedir ayuda y de todo aquello que todavía sigo aprendiendo.